Solo Cristo eleva al hombre a las alturas del amor y la libertad de Dios, dice el Papa


VATICANO, 17 Abr. 11 / 09:38 am (ACI/EWTN Noticias)

Al presidir esta mañana la Misa de Domingo de Ramos con la que se inicia la Semana Santa, el Papa Benedicto XVI señaló que solo Cristo es capaz de elevar al hombre al amor, la verdad y la auténtica libertad de Dios, con lo que vence a las fuerzas del egoísmo, la mentira y el mal que “jalan hacia abajo” al ser humano.

Ante miles de fieles reunidos en la Plaza de San Pedro para la Eucaristía, especialmente jóvenes de Roma y otras diócesis en ocasión de la 26° Jornada Mundial de la Juventud como antesala al encuentro de Madrid en agosto, el Santo Padre recordó que los Papas “han dicho que el hombre se encuentra en el punto de intersección entre dos campos de gravedad”.

“Ante todo, está la fuerza que le atrae hacia abajo, hacía el egoísmo, hacia la mentira y hacia el mal; la gravedad que nos abaja y nos aleja de la altura de Dios. Por otro lado, está la fuerza de gravedad del amor de Dios: el ser amados de Dios y la respuesta de nuestro amor que nos atrae hacia lo alto”.

El hombre, continuó el Papa, “se encuentra en medio de esta doble fuerza de gravedad, y todo depende del poder escapar del campo de gravedad del mal y ser libres de dejarse atraer totalmente por la fuerza de gravedad de Dios, que nos hace auténticos, nos eleva, nos da la verdadera libertad”.

La posibilidad que tiene el hombre de llegar a la altura de Dios, la ha ganado Cristo a través de su entrega en la Cruz. Él “sabe que le espera una nueva Pascua, y que él mismo ocupará el lugar de los corderos inmolados, ofreciéndose así mismo en la cruz. Sabe que, en los dones misteriosos del pan y del vino, se entregará para siempre a los suyos, les abrirá la puerta hacia un nuevo camino de liberación, hacia la comunión con el Dios vivo”.

“Es un camino hacia la altura de la Cruz, hacia el momento del amor que se entrega. El fin último de su peregrinación es la altura de Dios mismo, a la cual él quiere elevar al ser humano”.

La procesión del Domingo de Ramos, continuó Benedicto XVI, “quiere ser imagen de algo más profundo, imagen del hecho que, junto con Jesús, comenzamos la peregrinación: por el camino elevado hacia el Dios vivo. Se trata de esta subida. Es el camino al que Jesús nos invita”.

El Santo Padre dijo luego que la fuerza de gravedad “que nos tira hacia abajo es poderosa”, pero lo es más la fuerza de Dios que supera las limitaciones humanas: “basta pensar en las catástrofes que en estos meses han afligido y siguen afligiendo a la humanidad”.

Seguidamente explicó que la liturgia de hoy recuerda que el hombre está llamado a “levantar el corazón”, pero “repito: nosotros solos somos demasiado débiles para elevar nuestro corazón hasta la altura de Dios. No somos capaces”.

“Precisamente la soberbia de querer hacerlo solos nos derrumba y nos aleja de Dios. Dios mismo debe elevarnos, y esto es lo que Cristo comenzó en la cruz. Él ha descendido hasta la extrema bajeza de la existencia humana, para elevarnos hacia Él, hacia el Dios vivo. Se ha hecho humilde, dice hoy la segunda lectura. Solamente así nuestra soberbia podía ser superada: la humildad de Dios es la forma extrema de su amor, y este amor humilde atrae hacia lo alto”.

Pese a los grandes adelantos de la técnica humana, el hombre aún necesita purificarse para llegar a Dios, “tener las manos inocentes y el corazón puro” para así llega a la verdad, “en busca de Dios mismo, y nos dejamos tocar e interpelar por su amor. Todos estos elementos de la subida son eficaces sólo si reconocemos humildemente que debemos ser atraídos hacia lo alto; si abandonamos la soberbia de querer hacernos Dios a nosotros mismos. Lo necesitamos”.

“Él nos atrae hacia lo alto, sosteniéndonos en sus manos –es decir, en la fe– nos da la justa orientación y la fuerza interior que nos eleva. Tenemos necesidad de la humildad de la fe que busca el rostro de Dios y se confía a la verdad de su amor”.

El Papa dijo luego que la pregunta sobre cómo llegar a lo alto siempre ha cuestionado al hombre. San Agustín, uno de los muchos filósofos que quiso responder a este asunto, dijo que “habría perdido la esperanza en sí mismo y en la existencia humana, si no hubiese encontrado a aquel que hace aquello que nosotros mismos no podemos hacer; aquel que nos eleva a la altura de Dios, a pesar de nuestra miseria: Jesucristo que, desde Dios, ha bajado hasta nosotros, y en su amor crucificado, nos toma de la mano y nos lleva hacia lo alto”.

Finalmente Benedicto XVI dijo que buscamos el corazón puro y las manos inocentes, buscamos la verdad, buscamos el rostro de Dios. Manifestemos al Señor nuestro deseo de llegar a ser justos y le pedimos: ¡Llévanos Tú hacia lo alto! ¡Haznos puros! Haz que nos sirva la Palabra que cantamos con el Salmo procesional, es decir que podamos pertenecer a la generación que busca a Dios, que busca tu rostro, Dios de Jacob. Amén”.

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